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martes, 17 de junio de 2014

Introducciones

Estos pequeños párrafos se usaron como introducción al curso "De Hitchcock al terror contemporáneo"

1. El cine de terror

En el verdadero terror, el más genuino y trascendente, el efecto de la experiencia (el shock, el susto, o la revelación de lo monstruoso) es siempre mucho menos importante que el lugar a donde se la ha llevado. Es decir, a dónde la ha ubicado la puesta en escena del film. El director regula la experiencia, como si señalara "usted acá debe esperar, usted acá debe desear, usted acá debe excitarse". El cine permite que ese señalamiento no exista en términos de discurso, sino que las propias imágenes trabajen para producir el sentido. El terror se vale entonces de imágenes de la cultura concatenadas unas con otras para recorrer aquel camino. De ahí la abundancia de imágenes de puro consumo fetichista: violencia explícita y gráfica, cuerpos desnudos filmados como mercancías, etc. Quizás es el descaro mismo del género lo que lo convierte en un sismógrafo del estado de la cultura, y puede que sea su condición de marginalidad lo que le quita discriminación a la hora de hacer entrar elementos del imaginario contemporáneo. No hay que subestimar al espectador de terror, el cual siempre acepta el pacto de entrada que el film le propone y pareciera acatar, ya no como discurso si no como sentido: el espectador de terror espera, desea, se excita, etc. Y así es como nos permitimos descender a nuestros infiernos. Después, es simplemente cuestión de empezar a transformar, deformar y mutar todo lo que allí se encuentra. No hay que olvidar que a los monstruos los produce la cultura.

The Thing (John Carpenter / 1982)

2. La porno-tortura

El problema de la llamada "porno-tortura" es una cuestión que le concierne, como casi todo en el terror, al punto de vista. El despedazamiento del cuerpo humano no es nuevo ni en el cine ni mucho menos en el Mundo, la aparente novedad está en la descomposición (a la que podríamos llamar nuevamente despedazamiento) de la acción en una sucesión de imágenes detalladas que terminan por describir el acto. La violencia perpetrada sobre el cuerpo pasa a componerse de una serie infinita de planos detalle, y se desglosa de forma clasificable como las posibles posiciones sexuales en una película porno. El pacto que se propone para al espectador es el de un deleite gráfico, en reemplazo de la mirada.
Cuando ese punto de vista, es decir claramente el del verdugo, logra torcerse (volverse ajeno y distanciarse), se puede llegar a una operación reflexiva. Tal es el caso de Hostel (Eli Roth, 2005), una película sobre deleites gráficos que se reemplazan unos a otros y que logra diferenciarse de la perversión sintomática que domina a todos los "juegos del miedo" que se nos puedan ocurrir.


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