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martes, 23 de agosto de 2016

The End of the Tour

Sobre The End of the Tour (James Ponsoldt, 2015)
(11/12/2015)

La película del hasta ahora para mí desconocido James Ponsoldt no tuvo estreno comercial en el país y probablemente no lo tenga (se la puede conseguir online y por otros medios). En apariencia es otra variante del “estilo Sundance” que ya se puede sentir desde su trailer, pero viendo la película empieza a aparecer una idea de mundo mucho más madura que el de la ya agotada moda a la que hacemos referencia. La idea de “lo americano” como noción débil y amarga no está poblada de lecciones de autoayuda sino que todos los temas aparecen como problemas en tanto y en cuanto existe esta narración meticulosa que los ordena, los asume y les da un lugar.

El argumento es simple y propenso a ser literalizado: el escritor neoyorkino David Lipsky (Jesse Eisenberg) se entera del suicidio de David Foster Wallace (Jason Segel) y esto lo lleva a recordar los cinco días de su larga y sentida entrevista. En términos narrativos lo único que sucede concretamente en el presente del relato es la lectura pública de un homenaje literario por parte de Lipsky, e introduciéndonos en el flashback que la película construye, lo que vemos es el arco de construcción de una relación que avanza despacio, pero que va haciendo confluir con simultaneidad tensiones de admiración, angustia, envidia, orgullo y humildad, entre muchas otras.

Si bien temáticamente la película gira totalmente alrededor del personaje de Wallace, se vuelve imposible no trabajarlo desde la perspectiva de Lipsky. La puesta en escena del homenaje sería sólo un gesto amable si no consideramos que toda la película está ordenada de acuerdo a la voluntad de Lipsky y a su conflicto con el éxito. Una primera simetría que no debería pasar desapercibida es la que se produce entre las dos escenas de lectura que hay en la película, una al principio del flashback (de la primera novela de Lipsky), otra al final (el homenaje a Wallace). Pensando la película en términos del éxito conseguido por Lipsky es como podemos comenzar a entender a dónde intenta conducirnos. Teniendo las historias, las entrevistas o las novelas como material de construcción de relatos (o incluso en este momento, lo que escribo), es en la relación que guardan con su divulgación y expansión lo que en esta película se muestra como inseparable. El tiempo en el que se nos sumerge en la historia de ambos personajes construye un vínculo que sólo es existente en la medida en que allí se sucede, se narra, en este caso, en términos de cine. Ese primer relato está en el manejo de las miradas, de las tensiones entre los personajes, y de cómo se los pone en escena. Su relato segundo es su degradación, su reducción: lo que será escrito. Y debemos añadir ahi, infaltablemente, que eso que se escribe se escribe desde un lugar.

En términos de puesta en escena, comparando concretamente a los planos, Lipsky no es nadie en el universo de los escritores hasta que no homenajea al ya muerto Wallace, ahí reside la amargura de la película. El relato ya se sabe incompleto y determinado desde el lugar desde el cual se lo narra, y el suicidio de Wallace es lo que lo hace ostensible. Monetariamente podríamos hablar de un “precio” para el éxito, pero también es una declaración: Lipsky necesita asumir que está escribiendo para la revista Rolling Stone, y de ahí se desprende una labor que debe ser realizada. Con esto se abre una tensión también central en la película y es la idea de lo “común” o lo “regular” en los personajes. Wallace se piensa como hombre común, lo que le da mediáticamente una suerte de “estilo”, pero eso que se ve como común va acompañado de la noción de trabajo “como cualquier otro”. Escribir la entrevista para la Rolling Stone es mediática y estéticamente una cosa distendida, pero laboralmente es una tarea. En este sentido es importante destacar que en cada escena, cada conversación finaliza con el click del grabador. El director nos podría ahorrar el detalle, pero hacerlo nos puede permitir olvidarlo, y es en definitiva el elemento más importante, porque Lipsky en ningún momento deja de hacer su trabajo, ya sea cuando lo vuelve evidente con Wallace, o cuando a escondidas revisa el baño o la casa entera. Esos momentos terminan de completar el vaivén emocional: ante la compenetración con lo que se construye entre la mirada de ambos, la película nos devuelve de forma impuesta la tensión con la labor, como si necesitara recordarnos que todo lo que vemos va a ser inevitablemente reducido, manufacturado y vendido.

Como fuera de campo tenemos el dato del suicidio, ya lo sabemos, lo vemos venir, buscamos evidencias, palabras que se dicen, drogas que se mencionan, indicios de depresión. Lipsky, como protagonista, pareciera por momentos acompañarnos en ese saber y esa curiosidad, lo que vuelve más oscuras las cosas. Pero la película no trabaja la culpa como tema, sería un error cometer el acto de ingenuidad de dejarnos sólo con la perplejidad ante la muerte y la búsqueda de indicios. El problema pasa por otro lado, estos personajes construyen vínculos entre sí que conectan con la parte más reservada de ellos mismos, con sus orgullos y vanidades de inteligencia, y ante la incertidumbre comienzan a aparecer elementos que afianzan la unión hasta la aparición de algo sagrado en la misma. En concreto, en el aspecto religioso tenemos el momento de la frase de San Ignacio de Loyola, y los bailes de Wallace en la iglesia baptista, pero sin estos elementos aún podemos detectar que el resultado de la unión entre ambos es metafísico porque sólo existe en ese tiempo representado, como separado del mundo, como un relato por sí mismo. Todo lo que viene después es convertirlo en otra cosa.

Entonces el problema pasa a ser también el de la soledad. La soledad que es visible, conocida, y la soledad del ser humano conectándose cada vez más con la idea virtual de lo que es el mundo. Wallace describe con claridad el advenimiento de un mundo en el que puede ser más físicamente placentero no tener contacto con nada de lo humano. Ante eso, The End of the Tour se queda con la intimidad de lo que sí existe, aunque este recluido, encerrado, o alejado. Como dice el acertijo, lo único que se desaparece si se comparte son los secretos. Y podríamos agregar, trágicamente, que a aveces, poder acercarnos a los mismos, al menos para saber qué son, implica tener que matarlos.

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