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martes, 23 de agosto de 2016

True Detective (Temporada 2) (1/3): De la forma a la acción

24 de noviembre de 2015
(Parte 1 de 3)

Las dos temporadas de True Detective se compararon hasta el hartazgo, siempre haciendo hincapié en las diferencias y generalmente buscando los elementos de la segunda que “no estuvieron a la altura” de la primera. Ese tipo de comparaciones podrían haber sido productivas si no se hubiesen detenido sólo en el aspecto técnico-formal y argumentativo. Si bien ambas temporadas presentan muchas diferencias, es necesario resaltar un hecho fundamental: la historia que se cuenta es la misma, la mirada sobre el mundo también.

Proponiendo un recorrido conjunto por la totalidad de la serie, podemos entender que su proceder es el de un camino que empieza en el cine y termina en las series, como si para Pizzolatto las bases originarias de la perspectiva propuesta estuviesen en el cine, y la práctica operativa estuviese, actualmente, en las series. En un primer ordenamiento de las temporadas, podemos decir el camino es el de una dualidad entre la metafísica y la política. La primera, dirigida íntegramente por Cary Fukunaga, pone como  centro una búsqueda de discernimiento. Lo que se pone en juego es, primordialmente, la diferencia entre los conceptos del Bien y del Mal, tema por excelencia del cine fantástico, y de un cine no estrictamente fantástico pero que incorpora a su imaginario el problema de lo sagrado (como anterior a toda administración que se haga de aquello). El elemento que termina de tomar forma durante la primera temporada es aquello que llaman Carcosa, que fue la forma triunfante, es decir lo que True Detective pudo instalar en la mentalidad de sus espectadores, que es nada más y nada menos que una entidad del Mal y cuyo símbolo helicoidal (al igual que los gráficos de Vertigo o el desagüe de Psycho) tiene la capacidad de albergar en su sentido a todo mal que se lo proponga. Si algo funcionó de la enorme crudeza y magnitud del crimen representado en la primera termporada, fue la posibilidad de actualizar y poner en crisis presente la borrosa línea entre lo que ahora nos acerca o aleja de Carcosa. La totalidad de la temporada entonces tiene como principal eje ese problema, un problema metafísico. Cabe recordar que al final, si bien atrapan al spaguetti monster, el crimen queda abierto e irresuelto. Rust y Marty salen del hospital, pero nada indica que efectivamente salen a luchar, sólo se nos confirma que salen con fe. Ahí reside puntualmente la importancia de la primera temporada y su recorrido, del que se sale con una renovación de índole espitirual y con una consciencia del panorama. En este caso el panorama es el de un gran relato. Rust afirma: el de la luz contra la oscuridad.

Hubiera sido un grave error para la segunda temporada convertir su desarrollo en esta misma afirmación, porque Pizzolatto estaría cometiendo un acto de cinismo al regodearse con un gran relato que ya fue expuesto.  Si conocemos el relato, dar vueltas alrededor de él sería como quedarnos parados en el mismo lugar, y la segunda temporada, como continuación, propone movimiento.  Como decíamos anteriormente, la historia es la misma y la mirada sobre el mundo también, pero el hincapié está en otro lado. La lucha es la misma, pero si antes era la presentación de aquella lucha de la luz contra la oscuridad, ahora es la lucha de la luz contra la oscuridad tomando forma en una lucha terrenal, material y política: la de las clases. En otras palabras, aquello que pasa cuando sabemos que existió un hombre llamado Rust Cohle, y habiendo incorporado el discernimiento entre el Bien y el Mal.

Es por eso que los personajes de la ciudad de Vinci (en una segunda temporada más asentada en la industria actual de las series y dirigida por varios directores distintos) no tienen el mismo tipo de construcción que los de Louisiana. Ese aspecto fue muy criticado, no sólo por la abundancia de personajes, sino por un uso más constante de formas prefiguradas en la caracterización. Esto, difiero, era absolutamente necesario. True Detective, como parte de su asentamiento en el territorio de lo puramente material, necesitó ser cada vez más serie que cine para poder ser el rito del mito fundado. La construcción minuciosa de Marty y Rust hasta su unión para la búsqueda final requería de un fuerte ahondamiento. La construcción de personajes como Velcoro, Bezzerides, Frank o Paul, ya trae todo como fuera de campo. Tan sólo es necesario ver las primeras líneas de Velcoro con la abogada en el primer episodio para entender dónde está parado, dónde está su tragedia y qué es lo que lo ata al mundo (que luego se verá obligado a perder). En ese sentido, la construcción, que muchos juzgaron como mecánica y berreta, simplemente trabajaba con habilidad la transcisión entre el misterio de la metafísica y la práxis de lo propuesto. La segunda temporada avanza, hay un poder concreto que vemos operar desde el primer episodio. Ese poder concreto está mucho más visible que el de la primera temporada, y al mismo tiempo, sus personajes están aún más inscriptos como parte del sistema que aquellos poderes construyen. El nivel de conspiración consciente y declarado pide a gritos que la serie tenga como regla a la acción, y esa acción es la que se ve corrompida por aquellas cosas que atan a cada uno al mundo. En ese sentido, la segunda temporada es una historia, en movimiento, de hombres que no pueden avanzar por aquello que los ata a la vida ordinaria (y que se terminan sacrificando), y de mujeres que, esta vez sí, salen a luchar, sean estas en su origen madres en un sentido cristiano o caracterizadas como liberales. Para los que se divertían criticando a la primera temporada por una supuesta “ausencia de lo femenino”, Pizzolatto respondió con un decisionismo brutal: el mundo ya no le pertenece a los hombres. Bezzerides y Jordan parecen ser tanto madres como luchadoras, y el único hombre vivo, el fiel Nails, es esa fuerza bruta e implacable que se conserva como necesaria del hombre, quizás lo único que le queda.

En la segunda temporada todo parece reducirse a la capacidad de moverse o no. Si las rutas y figuras de transición de la primera temporada trataban de formar cruces y ejes verticales, las rutas de la segunda son caminos que se bifurcan, se mezclan, se pierden, se desvían, se vuelven laberintos. Dejan de ser formas que sirven como eje y pasan a ser formas que se proponen como caminos a recorrer. Y todo esto marca un arco perfecto que puede englobar a ambas temporadas como una sola gran obra. No es posible una iluminación metafísica si no va a conducir a un sentido, y no es posible moverse o accionar si no se tiene una base fundamental de entendimiento de lo que es el mundo en el que ese recorrido va a inscribirse.

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