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martes, 23 de agosto de 2016

True Detective (Temporada 2) (3/3): Las cosas malas suceden en la oscuridad

4 de diciembre de 2015
(Parte 3 de 3)

En el primer texto sobre True Detective, donde comparaba las temporadas, hice referencia al lugar de lo femenino. Como decíamos entonces sobre la segunda, el mundo ya no le pertenece a los hombres. Ellos enfrentan su destino trágico y cada uno de ellos muere en el universo que le es propio, y con un honor al que les es imposible renunciar: cada uno de los hombres muere a la manera de Carlito (Carlito’s Way, de Brian de Palma, 1993). En cambio, las mujeres se vuelven capaces de renacer de las marcas pasadas, ya sea de una temprana violación (Bezzerides) o un vientre deteriorado (Jordan). Veamos como funciona particularmente con Bezzerides.

Uno de los temas por excelencia de la segunda temporada fue el rol del padre. La mayoría de los vínculos construidos entre los personajes tenían que ver directa o indirectamente con ese lugar: el reconocimiento de la paternidad, las posibilidades de convertirse en el padre de uno, de formar una familia, o volverse hombre siendo padre, como es el caso de Paul, por ejemplo. Uno no menos importante es el lugar de la hija. Bezzerides tiene como padre al responsable del Instituto Panticapaeum, un predicador de filosofía religiosa estilo New Age que cita a Allen Ginsberg y que considera (con una ingenuidad muy deliberada) que la actividad de su hija menor haciendo webcams porno en vivo puede ser también una forma de arte. La relación que se plantea ya desde el primer episodio marca la situación: la permisividad del padre genera en la hija la exigencia de determinación. Talk to your daughter, prick... 

Bezzerides se comienza a desarrollar entonces como un personaje que sustituye todo aquello que considera faltante. Si considera que cualquier hombre está en condiciones de sobrepasarla en fuerza, entonces necesita entrenar con cuchillos para que no exista forma en la que no pueda defenderse. Si considera que la sociedad hace de la mujer un objeto explotable, entonces necesita generar dominio sobre los hombres en los mismos términos (con esto me refiero a la subtrama del amorío con el policía de cargo inferior o sus escenas en el casino de Vinci).  En ese sentido, Bezzerides no es una feminista (aunque esa categoría sea mencionada también ingenuamente por Velcoro en una conversación en el auto), sino más bien un individuo que busca hacerse cargo del mundo que le toca, como persona y como mujer. Ante cada cosa que repudia del mundo se las arregla para encontrar una postura firme. Sin embargo, veremos que todo esto le genera una idea de estabilidad que en realidad pende de hilos.
Capítulo 6: Church in Ruins

Lo que termina siendo su prueba de fuego es su participación encubierta en la orgía del episodio 6 (Church in Ruins). Asistida por su hermana menor,  se infiltra en una de las fiestas preparadas para la concreción de negocios como “acompañante” de los empresarios y especuladores de Vinci. Bezzerides cambia su apariencia y asume un lugar de objeto sexual, además de dejarse drogar para conseguir un efecto de docilidad. En esta secuencia reaparece en su memoria el recuerdo de la violación y por eso es clave: la orgía se convierte en el relato que le da forma a aquél recuerdo, las imágenes pueden aparecer en la medida en que encuentran su paralelismo con lo que sucede en la fiesta, y su eje fundamental es la mirada que ella detecta en los hombres. Así es como todo conduce a un acto concreto y Bezzerides mata a uno de los hombres con sus cuchillos. La historia individual se cruza y se vuelve indivisible de la historia colectiva, y su violación se hace inseparable de la “cascada de traiciones” políticas que se engendran en ese lugar. Desde ese momento Bezzerides deja de enfrentar la vida desde una posición liberal y comienza una relación con el mundo que termina de plantearse en el motel con Velcoro, es decir, la imposibilidad de que las cosas vuelvan a ser como antes, y de encontrar una estabilidad.

The Ward (John Carpenter, 2010)
El antecedente más interesante de esta lógica aparece en la más reciente y más subvalorada película de John Carpenter, The Ward. En esa película, el personaje de Kristen aparece para encarnar la parte de la personalidad fragmentada que es capaz de asumir y luchar contra lo ocurrido. El trauma tiene características similares, se trata también de una violación en cautiverio y de sus consecuencias; y ante la posibilidad de salida en distintas aristas de personalidad, el tema, o lo que Carpenter ve como problema, es en dónde reside la verdadera posibilidad de salida y si somos capaces de verla. El mal como potencia en la película, que toma forma en el fantasma, es la parte que no desarrolló las respuestas que cada chica generó. No se infantilizó, no negó, no participó pasivamente, ni se rebeló. La potencia maligna está en la posibilidad de haber disfrutado. Y ahí aparece el vínculo con Bezzerides. Su confesión a Velcoro al principio del capítulo final, Omega Station, es la de alguien que se vuelve capaz de contar los hechos gracias a poder partir de una realidad difícil de asumir: en su explotación existía una parte de ella que lo disfrutaba y se sentía orgullosa de que la consideren bella.

Passion (Brian de Palma, 2012)
Por todo esto nos estamos refiriendo a mujeres que se vuelven autoconscientes, personajes que asumen las marcas pasadas en la medida en que se inscriben en una dirección, un movimiento, y en este caso una lucha. Las heridas del pasado y la violencia no se constituyen como el regodeo de una postura individualista, sino que se sabe anclada en una realidad material política. Lo que termina generando True Detective, o antecedentes como The Ward, por no mencionar la mayoría de la filmografía de John Carpenter o Brian de Palma (que ya trabajó con Rachel McAdams en una historia de mujeres autoconscientes), es una puesta donde la mujer moderna contemplada como sujeto histórico se vuelve fundamental para el destino de la humanidad. Paradójicamente, este tipo de obras y directores son los más acusados de misoginia por la crítica menos atenta. Posiblemente la confusión resida en que es imposible construir semejantes conflictos si no se asume autoconscientemente la parte maligna, la de la carga objetual, y que es la que realmente termina de incorporar el lado oscuro de la mentalidad humana. En ese sentido, es conveniente cerrar con la escena del baile de The Ward. Las pacientes bailan, la cámara las recorre, Kristen baja la guardia, la ya clásica cámara de Carpenter avanza en un travelling siniestro, y la tormenta estalla, se corta la luz. Como dice la aniñada Zoey, las cosas malas suceden en la oscuridad.

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