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lunes, 16 de enero de 2017

Hasta el último hombre


Enero 2017

Hacksaw Ridge, la última de Mel Gibson es una película cristiana. Centrar el foco en las ideas de compasión y caridad, organizadas desde la mirada de un médico de guerra que carga su Biblia como su única arma la convierte en un discurso, en apariencia, explícitamente combativo en su matiz religioso. Decimos en apariencia, o decimos discurso, por una consecuente cuestión que surge para preguntarnos. ¿Hasta qué punto es posible el explícito combate cristiano en una película que se autoemancipa en una suerte de pacifismo anticombativo?


Uno de los varios elementos rectores en el desarrollo de esta historia está en la resistencia de Doss (Andrew Garfield) a siquiera tocar un rifle. Los diez mandamientos prohiben matar, por ende las armas no pueden ser tocadas. El resto objeta, en la guerra no se "asesina", matar es parte de lo que la guerra requiere (recordando quizás las célebres frases de Lee Marvin en The Big Red One, de Samuel Fuller). Los médicos curan, pero deben portar armas, y deben hacer el mismo entrenamiento junto a todos los demas, el cual implica, por supuesto, disparar armas. A medida que el film avanza, la lucha de Doss se parece más a la historia de cómo se le van dando las condiciones que le van a permitir ir a la guerra sin tocar un rifle.

Desde el principio, la película ya logra construir secuencias geniales. Por ejemplo, toda la secuencia del niño Doss con el ladrillo instala a la perfección el marco y orden moral que rige todo lo posterior, en un sólo episodio o momento en el que se solidifican todas las dimensiones de los personajes en la familia. Unido a esto, la revelación del momento en el que Doss sí efectivamente tocó un revólver para amenazar a su padre le suma a este orden moral una dimensión profundamente humana: "no lo maté, pero sí en mi corazón". Si sumamos a esto el tratamiento que tienen las secuencias de violencia, vividas prácticamente como un infierno terrenal y que recuerdan a todo lo visceral de Apocalypto (2006), pareciera que el film de Gibson se une a los de aquellos católicos que podríamos llamar rabiosos, o viscerales, y en escencia antipuritanos (ejemplo, el Scorsese de La última tentación de Cristo, o el De Palma de Carrie).

Pero regresemos un poco a la primera línea de sentido: a Doss se le juntan varias condiciones para permitirle su objetivo. ¿Será por eso que es un caso tan particular? El único momento en donde toca un rifle es para usarlo como palanca para arrastrar a un herido, y aún así, cuando lo toca debe sorprendernos. ¿Por qué? Durante la larga secuencia de sus actos heroicos (el constante regreso al campo de batalla, luego de la retirada, en busca de nuevos heridos) la dimensión de su caridad y deber llega a límites casi ridículos. Asi mismo es pertinente preguntarse cuál es, en ese caso, el línea que separa a la caridad de deber, o si para Gibson deberían ser lo mismo. Pero la dimensión hiperbólica se hace visible, pide ser vista, y aún así en medio de la situación, tocar un arma sigue siendo imposible.

Un márgen de misterio interesante se da cada vez que un japonés muere en manos de un compañero de Doss, pero para salvarlo. Doss mira a su compañero, ¿está agradecido? ¿cómo funciona en Doss la certeza de que seres humanos están muriendo para que él viva? ¿agradecer una muerte sería matar? Gibson no parece abordar ese problema, aunque sí parece intentar cuestionar su posible orgullo. Cuando está preso esto se expresa, ¿está siendo orgulloso? Algunos toman su fe como un regodeo de purismo. Contrariamente, una brillante escena cercana al final emparenta a Doss con el Sully de Eastwood, y convierte la caridad en deber, y muele al orgullo a palos. El otro médico, el que no sobrevivió, necesitaba el plasma que Doss aceptó (a pedido del herido) entregarle a otro. En medio del acto el plasma es destrozado por una bala. La situación es clara y no requiere flashback alguno. Nada se dijo, pero todos los espectadores vimos eso. Los mismos que entramos en código en el momento del ladrillo, ya aprendimos a mirar lo que se nos muestra en esa escena. En ese momento Doss, al enterarse de su compañero muerto a falta de plasma, sólo siente que hay una parte que no pudo resolver, y donde no actuó de la forma que llevaba al mejor resultado, no hay orgullo posible. Es una dimensión claramente más trágica, pero sin dudas emparentada al momento en el que Sully se entera que no hubo muerto alguno, ya que lo que vemos ahi no es nada más ni nada menos que trabajo, en estado puro.

Aún así, la hipérbole de comportamiento nos hace sospechar, y Doss, claramente se gana el cielo. Obviamente no se le puede pedir a una película "basada en una historia real" que modifique elementos que son hechos. Quizás por eso el evidente "ascenso al cielo" del final viene a suplir una casi necesaria escena de muerte. La pregunta sería, ¿no debería morir Doss? ¿Dónde está la "toma de armas", o el combate, si Doss vive? O mejor dicho, ¿no deberíamos tomar también la idea de tomar armas en un sentido simbólico? Tomar armas es otra forma de decir tomar riendas. Y tomar riendas es hacerse cargo. Los compañeros de Doss ahora lo esperan a que rece por todos, ya que se ha convertido en el eje de Fe de esas tropas, cierto. Pero Doss casi ni se ha ensuciado, y el cielo es encuadrado como un premio. La historia se convierte en la historia de cómo Doss se gana el cielo por no tocar armas, y comienza a alejarse de una gran historia, la de cómo, en todo caso, las armas deberían ser tomadas por Doss como fundamento. Y es ese el sentido en el cual el catolicismo rabioso, o visceral no es tal. Ese es el punto en el que lo viceral es el exceso de tripas, y lo rabioso es la lucha por que se den condiciones para poder hacer libre ejercicio de la fe, casi "sin molestar a los demás". Que Doss se gane el cielo sin tocar un rifle lo acerca mucho más a un puritanismo donde cada instancia de cercanía con un arma despierta en nuestra mirada una especie de vigilancia, y donde evaluamos si la toca o no la toca.

Eso es una clara desviación de sentido, en una película que evidentemente es capaz de meterse en el centro de ese infierno. No vaya a ser que aquella "objeción de consciencia" se convierta en una moraleja vacía. Eso es algo posible, ya que siempre es más fácil creer que las condiciones materiales se nos van a dar para sostener nuestras posibles ideas. Pero siempre es más difícil sostener y tolerar, la trágica idea de que esas condiciones materiales no son separables de las ideas, y viceversa.

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