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viernes, 29 de septiembre de 2017

Bajo este sol tremendo


29/09/2017

Sobre El otro hermano, de Israel Adrián Caetano (2017)

Llegué tarde y vi por Netflix la última película de Caetano. Es un thriller recontra oscuro donde poco a poco se va armando una trama siniestra de secuestros, muerte y corrupción. En un pueblo de la provincia de Chaco se crea este espacio de territorio olvidado, en el que Sbaraglia encarna a un ser remarcadamente despreciable, una especie de parásito que a lo largo de muchos años va contaminando y vaciando a la familia de un ex colega militar. Su contraposición con la figura de Hendler lo vuelve más sádico, porque este viene a traer algunas aristas de su conocida figura de porteño cauto e inexperto. Sbaraglia es como una lacra que llega para violentar todo nuestro sentido común.

Al principio es una película vomitiva (hasta incluye un vómito muy realista de Hendler al ver dos cadáveres con la cabeza reventada), pero no lo digo necesariamente en un mal sentido. Se siente como si nos estuviera preparando para algo que va a estallar para arrasar con toda la violencia que vemos en pantalla. Son todos escenarios sucios, cargados de dejadez y acumulación, bajo un clima caluroso que hace sentir los olores de la transpiración y la podredumbre. El escenario es más el de una película de terror norteamericana, pero donde su olvidado sur es nuestro olvidado norte, y donde un espíritu maligno gobierna en consecuencia. Todos los valores vinculados a las relaciones entre personas están marcadamente trastocados, la dejadez del universo es un desapego a la vida y por ende hacia las personas. Mucho de esto se ve en el secuestro extorsivo, las actitudes del hijo de la víctima, los fetiches sexuales de Sbaraglia y muchas cosas más, pero sobre todo llama la atención la banalidad de los actos de Hendler. Su personaje se va metiendo en el universo criminal sin hacer cuestionamientos, sin tener reparos. En multiples ocasiones es estafado, pero accede a todo, él es también una lacra, porque además es sumiso, y capaz de tirar al inodoro las cenizas de su madre y hermano. Por eso, de alguna manera, el clima de la película se vuelve tremendamente opresivo, porque parece no haber una salida moralmente aceptable, como si se tratara de un círculo vicioso de calor, mierda y maldad.

Hasta ahí la necesidad de acción se siente, y por momentos me recuerda a la primera mitad de Killer Joe (William Friedkin, 2011), una película que trabaja ese descenso gratuito al infierno para después devolvernos en la cara todo lo que compramos. Pero al avanzar la película empiezo a notar que lo que hace Caetano lo acerca mucho más a las películas más aparentemente oscuras de los hermanos Coen que a cualquier cosa que haga Friedkin, y eso un poco me decepciona. Es notorio que en las películas de Caetano siempre se intenta evocar géneros del cine norteamericano, es una voluntad que respeto mucho. La totalidad de la historia tiene su autonomía y sus construcciones de tensión. La presencia de valores, aunque corrompidos, es ostensible. Cuando se da el embrollo final, sumado al tiroteo y resolución, se nota esa cercanía a la irreverencia Coen, y la carga que nos queda es ese anterior malestar, un malestar que no parece ser discutido, sino simplemente vomitado.


El héroe se retira en soledad, dejando todo en el silencio. En ese mundo no habrá nadie capaz de mirar lo sucedido y él, probablemente, se olvide de todo. La sensación final es la de una buena piña en la cara que no siento muy justificada. Y tal vez lo que nos quede a nosotros sea ese par de gestos políticos para entretenernos, con esos carteles de obras públicas que aparecen en dos puntos clave de la película.

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