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domingo, 1 de octubre de 2017

Una muestra vulgar de poder


01/10/2017

Sobre La cordillera, de Santiago Mitre (2017)

A esta altura del partido (y de la historia) Darín es el actor perfecto para interpretar a un presidente argentino. Por eso La cordillera tiene una premisa excelente (como también lo es su primer teaser que todos vimos en los cines). Una cumbre presidencial en la Cordillera de los Andes, el apellido Blanco, su figura vacía. Es un hombre como uno, dicen, y todos comprendemos que el Presidente Blanco es más Darín como estrella indiscutible del cine argentino que los dos o tres chistes que lo vinculan a Macri. Pero en sí, es una figura en la que podríamos adentrarnos. Todo esto es ingenioso, hasta inteligente por momentos, pero nada de eso llega a buen puerto cuando la película es aún más vacía que su personaje.

La cordillera es vacía porque la política literal que se ve marcada a gritos está vaciada de política real. En una película anterior de Mitre, El estudiante (2011) ya podíamos ver la antesala de este resultado, al tratarse de una historia plagada de política (y rosca, más que nada) que parece tener un fin que es en su naturaleza anti-político. Parece una contradicción, pero cuando todos los personajes carecen de un fundamento que los origine y les de sentido a su vocación, se convierten rápidamente en parte de la suciedad de la rosca que la película parece denunciar. Así también sucede en La cordillera, donde además se la intenta hacer entrar en una tradición del género fantástico que, de funcionar, requeriría de una fe que Mitre no parece tener, que teme tener. Con esto me refiero a las múltiples y cantadas citas a El exorcista. Si algo sucedía con Reagan, esto no podía ser un mero paralelo a la acción, porque en el centro de todo estaba la fe del padre Karras. Los episodios misteriosos de personaje de Dolores Fonzi parecen una especie de ilustración de algo que no es más que la simple metáfora de la venta del alma al Diablo, encarnado por Christian Slater en representación de los norteamericanos. En el momento en el que le preguntan "¿ya le vendiste tu alma al Diablo?", la literalidad de la alegoría supera a la alegoría puesta en escena, y los posibles elementos fantásticos se vuelven accesorios, una serie de paralelos declarados entre las reuniones de Blanco con "los malos" y las aparentes coincidencias misteriosas que generan dudas sobre la realidad. Lo que Mitre toma del Exorcista son algunos tamaños de plano, algunas cicatrices en el rostro de Dolores Fonzi, y los momentos en el hospital. Un guiño será, y dichoso será el que lo encuentre.


Los países que integran la cumbre tienen como objetivo llegar a un acuerdo petrolero que puede llegar a consolidar a Brasil como centro de la región (con un presidente que es la caricatura de populista que cualquiera de nuestros diarios masivos daría), o puede subordinar a toda la región a Estados Unidos. Lo segundo parece peor, o al menos más remarcadamente maligno, pero como hacia lo primero no hay más que desdén y ninguneo (ni siquiera reclamos, más que la propia parodia), se empieza a notar la cobardía de la película para meterse en el problema político de fondo. Se termina eligiendo entonces lo más fácil. La película del presidente que construye la imagen del "hombre común" no muestra a ningún hombre común en todo su metraje. ¿Qué es entonces un hombre común? Será quizás la gente que los vota. Y en esta película del Presidente Darín, serán los que compran las entradas del cine. A Blanco seguro no le interesan, a ninguno de los otros presidentes les interesan, pero para Mitre directamente no existen. Aunque estemos ahí, mirando, sintiendo el frío de la película, que sin dudas no es por la nieve.

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