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domingo, 19 de noviembre de 2017

Previa a Mar del Plata #1: Robocop en pantalla grande


19/11/2017

Mientras me preparo para visitar por primera vez al Festival de Mar del Plata (que ya empezó hace un par de días), les voy compartiendo algunas cosas sobre películas que allí se proyectan. Este año en la sección Generación VHS se va a proyectar Robocop, la obra maestra de Paul Verhoeven de 1987, su primera película filmada en Estados Unidos. Robocop es un clásico de muchas de nuestras infancias que en un texto de 2011 intenté leer desde su aspecto político. 


04/04/2011
Publicado en mi ex wordpress "Corredor sin Retorno"

La primera película de Verhoeven en Estados Unidos, un film de acción y ciencia ficción, puede ser leída como un cuento de venganza, pero sería erróneo simplificar sus grandes riquezas para catalogarla de esa forma. Tenemos un protagonista que sufre una muerte brutal, el típico “policía que tiene familia cuando regresa a su casa”. Una vez convertido en RoboCop, la película cierra con el ajusticiamiento de quienes lo mataron. Si bien la película concluye de esta forma, no lo hace sin antes abrir una enorme serie de contradicciones del propio sistema, y convierte al mismo RoboCop en una paradoja.

El drama de RoboCop parece una tragedia: la lucha contra el mal lleva en su propio accionar a los medios de ese mismo sistema del mal. Porque el RoboCop surge como parte de la retroalimentación del sistema mismo. En Murphy, de quien algo ha quedado vivo en la máquina, se produce una enorme contradicción, aunque es dudoso si está vivo o no. Lo que conocemos es el funcionamiento de su sistema: Murphy puede capturar imágenes del a realidad y procede a partir de una especie de memoria audiovisual. El dato que se le escapa (y perjudica) a la OCP, es una especie de “factor humano”: Murphy puede pensar. Ese a partir de esa escena (el sueño) cuando empiezan a salir a la luz las contradicciones del sistema que construye al robot.

La OCP es la seguridad privatizada, una clara metáfora distópica del funcionamiento de la policía sujeta a intereses económicos. Dentro de su repertorio de “armas” para progresar empresarialmente (recordemos que la OCP no sólo tiene en su poder a la seguridad sino que su principal objetivo está en la producción de armamento militar con específicos fines políticos), podemos encontrar como oposición al ED-209 y a RoboCop. El primero es la mano dura sin adornos, una máquina cuya estructura mecánica está subordinada a sus enormes brazos que disparan ante la desobediencia. ED-209 fracasa, su accionar es casi bochornoso. Nada más causa más desprestigio que la mala imagen de un robot asesino. En la disputa entre Dick Jones y Bob Morton, aparece este último con su idea para el RoboCop, para el cual necesita un voluntario humano (muerto). Al parecer, la OCP comprende que como empresa de seguridad deben ofrecer una imagen más humana. RoboCop tiene forma de humano y habla como humano. Su sistema interno procede a partir de percepciones que claramente referencian al video, y a la forma humana de entender las imágenes encuadradas. Los científicos de la OCP prueban los canales de audio y se ve claramente que RoboCop hasta puede separar, ayudado  por la imagen, a las diferentes percepciones sonoras que ingresan a su sistema auditivo (¿o de captura de audio?). Si bien la parte de armamento del robot es menos dura y eficaz que la de ED-209, RoboCop puede circular por la ciudad con mayor facilidad y su aceptación por la población de Detroit es un paso más fácil, pues el robot humanoide se encuentra en la fantasía de todo niño pequeño. El proyecto RoboCop es, en resumen, una especie de cortina de humo para la mano dura (aquella “solución” que les permitirá a los directivos de la OCP construir eso que llaman “la Nueva Detroit”). Detrás de su imagen humanoide se esconde el estratégico posicionamiento de la máquina indestructible en las calles. Al parecer, la OCP había instalado, a través de un sistema mafioso, un régimen criminal sobre todo Detroit para controlar el narcotráfico y poder instalar allí sus negocios. Ahora, como dice más adelante Dick Jones: “es hora de borrar aquél error”. El proyecto RoboCop es esa “limpieza”.

Pero volviendo a Murphy, si al principio parecía tan efectivo y tan heroico, era porque sus “directivas” eran claras (aunque no sepamos la cuarta). RoboCop es una máquina que lucha contra el crimen, sin importar cual. Error. No sólo está dominado por la cuarta directiva (no contradecir a ningún miembro de la OCP), sino que además (y esto es un problema terrible para la OCP), nos enteramos de que RoboCop no es sólo RoboCop: también es Murphy. Detrás de ese semi-casco metálico se encuentra el herido rostro de Peter Weller, y la película va a empezar a contraponer la historia individual con la historia social. ¿Qué nos mueve como espectadores durante el film? Por un lado podemos sentir una especie de empatía por Murphy, por su familia, su amor perdido, el no poder ver crecer a su hijo, etc. Y por otro comprendemos, a medida que la película avanza, que el problema está en el sistema. Y la extrema crueldad, el sadismo y la banalidad del mal que expresan los delincuentes que lo asesinaron, encuentra su sentido en el funcionamiento de Detroit bajo el mando de la OCP. Hasta el propio lenguaje que los delincuentes manejan tiene sus procedencias en el programa televisivo de mayor audiencia (también disfrutado por los civiles, como bien se ilustra en la escena del robo al supermercado). Esos satíricos inserts del mundo televisivo de la Detroit del futuro no se encargan sólo de criticar puntos por separado. Entre todos ellos forman un repertorio audiovisual de las formas de inserción del neoliberalismo empresarial en lo cotidiano y en la cultura. El programa picaresco es una forma pura de consumo y fetiche por los cuerpos, donde la forma de la imagen fuerza a todo deseo a verse dentro del cuadro (pornografía). El noticiero pone una al lado de la otra a las noticias “de color” y a las noticias “en serio”, haciendo evidentes los cambios de tono en los locutores, convirtiéndonos en testigos del programa informativo como puesta en escena (sumado a las correspondientes dependencias de los canales televisivos con la OCP, monopolio de turno). La publicidad del juego familiar “Nukem” funciona de forma similar: la OCP tiene su línea de juguetes para insertar en la cultura todo el vocabulario de guerra, pues la guerra debe ser una costumbre.

A esta altura, es compresible el extremo nivel de violencia que se concentra en la escena de la muerte de Murphy. Al principio nos es incomprensible, como si se tratara de un golpe bajo. Murphy muere, y la puesta se concentra en detallar el salvajismo. Vemos frente a la cámara a su mano derecha estallando, o una bala atravesarle la cabeza. Clarence fuma un cigarrillo como si hubiese terminado de tener sexo. Como espectadores sólo queremos verlo muerto, y cuando RoboCop sale a las calles festejamos cada triunfo ante los malvados criminales. Sin embargo la película va ubicando a cada elemento en un anclaje con la Historia, con ese Detroit distópico y verdaderamente complejo. El dilema ya no es si RoboCop logrará vengarse de Clarence, sino que se convertirá en la pregunta sobre qué es RoboCop. La disputa entre Dick Jones y Bob Morton, dos hombres con objetivos claros dentro de la empresa, fue capaz de generar una extraña máquina con razgos de humanidad. ¿No es RoboCop entonces una hermosa demostración de los frutos del pensamiento? Creo que la película, en definitiva, es la perfecta exposición de esa contradicción. El siglo XX nos ha dejado, como seres humanos, con cierto terror ante a lo que llamábamos progreso tecnológico y científico. La inteligencia subordinada a la muerte, al armamento y al genocidio son marcas clave del siglo que nos precede. Tal vez es incorrecta la analogía, pero ¿no decía Marx que cada sistema carga el propio germen de su destrucción? En el film de Verhoeven, Bob Morton fabrica a RoboCop sin terminar de entender lo que ha creado. También podemos pensarlo en relación a la historia del cine: el avance de los sistemas de estudios y las cinematografías de las grandes potencias en pos de entrar a una Segunda Guerra como objetivo político dio lugar a las más profundas obras de arte del siglo, y a un lenguaje que aún no terminó de expresar todo su potencial. RoboCop es entonces un misterio, y aunque su final parezca optimista, sigue siendo perturbadora la propia presencia del robot, cuya existencia nos obliga a pensar.

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