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lunes, 6 de noviembre de 2017

Series: Stranger Things, Temporada 2


06/11/2017

Sobre la segunda temporada de Stranger Things.

Sobre la primera había publicado acá unos comentarios breves, centrándome más que nada en esa nostalgia característica del programa y en otra cosa quizás más importante que tenía que ver con la falta de decisionismo que dominaba. Recuerdo haber hablado sobre los personajes de Winona Ryder y de Will, y de cómo el vínculo madre-hijo termina siendo sólo la herramienta para mover la trama. Entre ellos simplemente volvía a establecerse el orden anterior, sin crecimiento ni transformación. Apenas un gusano extraño saliendo de la boca del chico era la diferencia. Ese aspecto de la serie, al quedar el cliffhanger para la segunda, dejaba a todos los conflictos emocionales sin resolver, en una mera condición de motor (motor serial). Ahora, la segunda temporada parece intentar cerrar varios puntos y finalizar con mayor conclusividad (a pesar de ese plano final donde vemos "el otro lado" por última vez). Eso en apariencia es evidentemente mejor, pero termina evidenciando la tibieza de la serie, porque es claro que todo lo que cierra inevitablemente queda expuesto en su conclusividad, y las decisiones tomadas se hacen más visibles. Podemos entonces pensar algunas de ellas.


Se habló mucho de la afinidad de la serie con el universo de Stephen King, pero el que termina estableciéndose es mucho más cercano a de Steven Spielberg. Es explícito que la generación de "padres" es totalmente ausente en esta serie. Si nos metemos en cada una de las casas esto está construido sistemáticamente de esa manera. En la casa de Mike, por ejemplo, los padres conforman la caricatura del status quo de los tiempos de Reagan, incluyendo en esta temporada el cartel en el jardín. La madre es el personaje activo a pesar de su cuadradez (termina siendo simpática su escena de novela erótica en uno de los últimos capítulos), y el padre es el vacío absoluto. La estructura que ahí se replica es la de una construcción de identidad en la que el padre no tiene ningún tipo de participación, como si se tratara de una figura ya petrificada por su obediencia al sistema. Contra esto, la mirada spielbergiana siempre anhela una suerte de simbólico regreso al útero, donde el vínculo con la madre se vuelve una cosa indivisible, y la protección contra la adversidad es también un manto que protege a la inocencia hasta el infinito. Por eso a Spielberg nunca la preocupa trabajar y problematizar el advenimiento de la madurez, sino el extrañamiento y recuperación de la inocencia. Así entonces, la excepción al status quo la marca Winona y su vínculo con Will, siendo ella la madre ideal de la serie.


En la primera temporada la habíamos visto con toda la parafernalia de luces navideñas y siendo catalogada como la "loca de Maple Street". En la segunda, la fórmula que originó muchos memes en internet necesitó regresar y la tenemos armando mapas en las paredes de la casa conectando los dibujos de su hijo. El procedimiento es el mismo, convirtiendo a Winona en el único de los adultos con la capacidad de entrar en la lógica fantástica que sólo los niños parecen poder entender. En ese sentido esa una ideal madre spielbergiana porque logra dejarse absorber en la inocencia, y eso es importante si queremos pensar la perspectiva desde la cual esta contemplada:  no son las madres las que pueden reflejarse en ella sino que es una figura de contención para los niños, carente de anclaje real en tanto madre porque su función siempre es de devoción en estado puro.

Es raro entonces tener tantas referencias al cine de Cameron (Aliens) y de Carpenter (The Thing), dos directores que trabajaron la noción de madre de una forma completamente opuesta a la de Spielberg. En sus películas la madre nunca es la construcción que necesita el espectador niño, sino el reflejo heroico que necesita toda madre ante su inminente absorción por el status quo. Se trata de madres dedicadas que entran en contradicción por sus deberes heroicos (pienso ahora en la pelea entre Sarah y John en Terminator 2, o en la locutora radial de The Fog que no puede cuidar a su hijo porque debe cuidar a todo el pueblo). Son madres con conflictos porque, en tanto madres, son sujetos y no figuras. Al cierre de esta temporada Will es recuperado (no sin un leve trauma, claro) a los brazos de su madre y si bien todos tienen alguien con quien bailar la serie sigue pateando la posibilidad de crecimiento. Winona puede alejarse un poco más de su hijo, pero sólo en vagos términos de distancia geográfica (quedarse fumando afuera del baile), y su posible amor le es arrebatado. Otra arista más de la congelación que busca una serie donde todo termina siendo el microcosmos por el propio microcosmos.


Los pueblos chicos siempre son metáforas y su condición de burbuja narrativa, en los mejores casos, funciona para hacer todo lo contrario a encerrar que es expandir. Lo increíble de Stranger Things, es que si bien intenta exponer constantemente el mensaje anti status quo, su constante repetición le otorga un manto de seguridad en el que todo cuestionamiento no puede exceder a los límites del pueblo de Hawkins. Las autoridades que conspiran dentro del pueblo terminan alineándose con los héroes en una suerte de reconciliación progresista idílica, y así se clausura la posibilidad de medir la envergadura del entramado conspirativo. Hawkins no es el mundo, sino una porción del mundo que, jugando a ser el mundo, encuentra la manera de ordenarse para ignorar al verdadero mundo. Suena a trabalenguas, así que mejor ilustrarlo pensando a un personaje importante que es el de Paul Reiser.


Al principio parece directamente extraído de Aliens de Cameron por su lugar en los experimentos y porque básicamente no se sabe bien para quién juega durante la primera mitad de la temporada. Aún así viene a ocupar ese lugar externo y un personaje de quien no sabemos si podemos confiar. Su personaje en Aliens era un empresario que venía a traer con él a toda la pata económica del complejo militar industrial que maneja el mundo. Detrás de su cara simpática se esconden las verdaderas intenciones económicas que nada tenían que ver con enfrentar a los aliens. Es claro que Stranger Things intenta aprovechar esa referencia para apelar a nuestra duda. Cuando llega el asedio de los demogorgons el personaje parece unirse al grupo y participar. Yo personalmente sigo con dudas, pero sigo mirando. Empiezo a pensar entonces que los realizadores lo intentan acercar más a Miles Dyson en Terminator 2, cientítico cameroniano por excelencia que entiende que debe convertirse en guerrero. Pero resulta que Paul Reiser no es ni una pata de la conspiración externa ni un compañero en la lucha interna, sino mas bien un burócrata de corazón conquistable. Unos demogorgons lo dejan herido, y ahí en el piso Hopper le da una lección sobre Eleven, entendiendo así que tiene que estar del lado de los buenos. Miles Dyson se inmolaba para poder destruir Cyberdyne Systems marcando su verdadera vocación por llevar el cuerpo a la lucha, este otro simplemente le tramita en secreto el DNI a Eleven. El personaje queda en un punto medio bastante cagón a esta altura. Recuerdo ahora al doctor del hospital psiquiátrico en Terminator 2 (con quien también comparte puntos). Cameron lo deja a un costado con su cigarrillito, pasmado por lo que no puede comprender. Quizás los "hermanos Duffer" le hubiesen dado una escena final, llegando a visitar a Sarah Connor y a decirle: "perdón Sarah, tenías razón, acá tenés el certificado oficial de que no estabas loca".


La imagen que cada tanto miran en un radar me recuerda a esta tapa de disco del soundtrack de The Thing. Intenta referir a lo mismo, al problema de la expansión. En Stranger Things también hay una cosa que se amplía cada vez más. Para ellos el problema es que llegue al centro de Hawkins, y para los científicos de Carpenter, que se expanda desde la Antártida hacia la totalidad del planeta. Ahi se vuelve a ver el problema: si Hawkins soluciona sus problemas internos y funciona, se regresa entonces al orden establecido. Quizás llevar la contra sea sólo entonces poder reírnos del padre de Mike y su condición de figurita de republicano. Si hay algo que les preocupa a los héroes de The Thing es que justamente nada de lo anterior pueda ser igual y de ahí sale la tensión apocalíptica que se da. La diferencia siempre está entonces en el conformismo, donde el microcosmos es un refugio tanto para la madurez en términos de edad, como en términos políticos. Winona Ryder y Paul Reiser vienen a ser las dos patas de esa lógica tan tibia que parece que se va a seguir extendiendo por un par de temporadas más.

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