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jueves, 14 de diciembre de 2017

La cámara del inmortal


14/12/2017

Sobre Blade of the Immortal, de Takashi Miike (2017)

Sobre Miike siempre hay algo más que puede decirse. Su filmografía es masiva y caótica, y no siempre repite la misma faceta o estilo. En otras ocasiones me referí a la enorme diversidad de géneros y a su evidente capacidad de meterse de lleno en todos, casi nunca quedandose en la apariencia. Su película numero 100, con un personaje al que todos se refieren como al "asesino de cientos", es casi una metáfora de lo excesivo de su cine. Pero no se agota ahí. Lo que otros pueden explotar casi al máximo en el cine actual de género, en Miike se demuestra que todavía hay pasos para avanzar.


Al final de los créditos de Ace Attorney (2012) se da una sentencia clara. Es el final de un juicio y uno de los personajes cierra la película con una contundente frase: "Mis métodos no violan la ley, pero parecen haber violentado tu mente. ¿Tenés algún problema con eso?", y en ese momento emerge el crédito final: Dirigida por Takashi Miike. El protagonista, una mezcla entre abogado y héroe de acción, levanta enérgicamente su brazo y grita: "¡Protesto!" Porque así funciona, en Miike el problema del exceso siempre es tema, y constantemente aparece la pregunta que lo cuestiona. Ya desde Ichi the Killer (2001) el histórico personaje sadomasoquista Kakihara (Tadanobu Asano) llevaba en el cuerpo las marcas de ese exceso, con cicatrices similares a las de Manji, el asesino de cientos de Blade of the Immortal. Kakihara era uno de los matones de un clan yakuza de la ciudad de Shinjuku, totalmente gobernada por el vicio y la violencia. Lo atractivo del personaje era que tenía una filosofía de vida muy particular, manifestando que atravesar todas las barreras posibles del dolor era la forma de estar a tono con el universo que lo rodeaba. En Kakihara eso terminaba deviniendo en fetiche y obsesión, pero al estar abordando un personaje en un registro tan extremo en sus posibilidades de violencia, la película podía llegar a desplegarse, al igual que su personaje, por ese universo de sordidez. Por eso las historias de Miike suelen tener un registro de tono tan alto, donde los límites para lo que vemos nunca terminan de ser claros. Hay una parte que tiene que ver con la tolerancia y ser capaces de soportar ciertas cosas, ciertas imágenes. Pero eso siempre es contrarrestado por una fuerte voluntad de no entrar en ese tipo de universos en vano.


Blade of the Immortal tiene una premisa muy concreta. Una niña cuyo padre fue violentamente asesinado por el lider de un dojo prohibido (durante el período Edo) busca venganza, y le pide al guerrero inmortal que sea su guardaespaldas. Manji lleva ya 50 años con el mismo aspecto, luego de haber sido ¿maldecido? por una especie de hada anciana que le mete en el cuerpo unos gusanos que constantemente se lo reparan, impidiéndole morir. Sus únicas marcas pertenecen a esa última despiadada pelea, donde él sólo contra cientos triunfó, tal vez gracias a la ira incontrolable de su venganza. Manji había perdido a su "hermana menor", su protegida, en manos del enemigo. La niña le trae ese recuerdo, y consigo también la culpa.


Entonces la película avanza como un simple cuento de venganza, pero entablando también un nuevo vínculo entre Manji y la niña. En este caso, el inmortal es un guardaespaldas, dispuesto a cargar en el cuerpo todas las marcas que el camino le trace. El contexto es absolutamente hostil y queda claro: uno de los matones del dojo asesino lamenta no poder "divertirse" con la pequeña hija del asesinado. Luego, en una escena casi impensable en el cine occidental, la niña intenta ofrecer su cuerpo a cambio de la ayuda de Manji. Es un momento polémico pero fundamental. Manji sería incapaz de contemplar eso como posibilidad, pero se nota que tiene perfectamente en cuenta la voluntad de lucha de la niña. Ese es uno de los pilares en la relación y lo que la convierte a ella en otro jugado personaje al estilo Miike. Manji se convierte en su hermano mayor, y la relación comienza a parecerse a la que Miike construye en For Love's Sake (2012). Lo que en esa película se daba como un amor inmortal, en Blade es una fraternidad inmortal. Donde portarse como un hermano mayor y protector también carga con una frialdad conflictiva.


Pero el inmortal también es Miike y su cine. Una vez más queda expuesta su inmersión en todo contexto genérico, y su comportamiento es el de ese guardaespaldas, capaz de llevarnos a cualquier lugar, donde veremos las cosas más violentas e inesperadas, pero es él el que va a recibir todos los cortes. Porque el proceso siempre es el de una mirada que tiene que estar siempre atenta a qué podemos esperar, tanto en el límite de violencia visual, como el límite de las acciones que serán llevadas a cabo. Para el cine de género, cada película de Miike es una nueva conquista, un territorio inexplorado que es conducido por un guía que le da a cada elemento mirado (hasta cómo se filma una pelea) un sentido totalmente intrínseco a la película. Y esa conquista es siempre arrasadora, como la de un hombre que se tira contra cientos, en medio de gruñidos, imparable, llegando vivo hasta el final.

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