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lunes, 22 de enero de 2018

Maleficio o el poder de la palabra


Por Manuela Frers

Thinner es una novela que Stephen King publicó en 1984 bajo el seudónimo de Richard Bachman. La historia es relativamente sencilla y atractiva: Billy Halleck, un exitoso y obeso abogado de Connecticut atropella y mata a una vieja gitana. Amigo del juez y de los policías, Halleck logra evitar cualquier tipo de condena y ante la injusticia evidente, un gitano milenario le echa una maldición que lo va haciendo perder peso constante y aceleradamente. En una carrera desesperada por revertir la situación, Halleck abandona a su mujer y su hija, pero también a sus amigos y su médico de cabecera –todos incrédulos, las maldiciones no existen-, y con la ayuda de un viejo amigo, personaje enigmático pero salvador, logra dar con la caravana gitana, enfrentar al viejo TaduzLemke y revertir la maldición.

El libro se tradujo en español como Maleficio. Sin embargo, la palabra “maleficio” no aparece en todo el texto. En su lugar, “maldición” aparece como un sinónimo casi perfecto. Digo casi, porque un maleficio puede estar vehiculizado por hechos, actos, acciones, envolver una gallina en rollos fotográficos, hacer muñecos miniatura tipo vudú. Pero la maldición, como lo explica su misma estructura, requiere un texto, un enunciado, un lenguaje.

La importancia del lenguaje en la novela de King es evidente. Un primer gesto que llama la atención es el de incluir el idioma gitano. En muchos capítulos, y con especial insistencia en el capítulo climático, “El campamento de los gitanos”, King reproduce líneas enteras de diálogo romaní. No lo traduce, no explica que “en romaní” los personajes dijeron tal o cual cosa, sino que lo enuncia, lo presenta, lo hace carne. Los gitanos incluso se jactan de ese lenguaje otro y propio que los distancia, que los pone en una posición de superioridad, “¿No entiende nuestra lengua, señor?”, le dice Gina (la hija de la gitana muerta) a Bill, provocándolo.

“Más delgado”. Así empieza el libro. Dos palabras. El discurso directo del gitano que sin más indicación que su enunciado y una caricia ligera en la mejilla del protagonista, echa una maldición.

Existe una serie de expresiones que no describen ni registran nada y que no son verdaderas ni falsas. Ese grupo de expresiones que John Austin dio en llamar, al menos en una etapa inicial de su teoría, “oración o expresión realizativa” contempla casos como el acto de casar –enunciado por un cura- o como el de bautizar un barco –enunciado por un capitán-. Las oraciones realizativas implican un acto, una acción, un impacto real, un cambio de estado en la realidad, por medio del lenguaje. En estos casos, el lenguaje es condición sine qua non para que algo cambie en la realidad. Sin lenguaje no hay acción.


Austin menciona someramente al hecho de maldecir. Por supuesto que no considera las implicancias de una maldición real, sino de un modo más bien secular. Pero la maldición en Maleficio –y en la vida- podría ser perfectamente considerada como un acto de habla combinado con una cuota de magia.

Desde el momento mismo en el que el gitano enuncia las dos palabras fatídicas “más delgado”, algo en realidad se altera. Bill Halleck empieza a perder peso dramáticamente. De 113 a 111 en el primer capítulo y así en picada hasta llegar a 53. Como un cura o como un capitán de barco, TaduzLemke pronuncia el discurso del modo exacto en el que empuja invisiblemente a Halleck en una dirección. 

La primera mitad del libro está orientada de algún modo a que el lector no tenga claro si lo que ocurrió fue efectivamente una maldición, si ese “más delgado” al que Halleck vuelve una y otra vez tuvo la fuerza y la capacidad de modificar el devenir natural. O al menos lo obliga a oscilar constantemente entre creerle al protagonista, que está convencido de ser víctima de un maleficio, o a su médico y a su mujer, que sólo pueden contemplar la opción del encierro en un manicomio. Pero una vez que Halleck alcanza a los gitanos en una carrera desenfrenada por la costa de Maine se despejan las dudas. No sólo se despejan, sino que toda la situación se invierte en un espejo perfecto y deformado.

A medida que Halleck se acerca al campamento gitano, empieza a haber leves transformaciones, agudiza sus sentidos, mientras sigue el rastro dice “te huelo, viejo”. Olfato, un sentido reservado a las bestias y a los magos, desechado por los ciudadanos bien. Cuando finalmente se encuentra con ellos, cuando vuelve a enfrentarse en un cara a cara con TaduzLemke, y ya un poco desesperado, lo único que se le ocurre a William Halleck es devolverle la maldición, ¿pero puede un ciudadano norteamericano caucásico de clase media maldecir? ¿Puede ese ciudadano hacer cosas con sus palabras? ¿Alcanza con la investidura inexistente? ¿y la magia?

Bill Halleck sabe todo esto y lo sabe tanto que para darle un marco a lo que está por hacer le dice al gitano viejo: “Antes de que me saquen, viejo, deben saber que mi maldición caerá sobre su familia”. No dice en qué consiste la maldición, pero enuncia que está por hacer esa maldición. Y en ese momento asume su destino trágico, deja de ser Bill Halleck el del país de los gordos y se convierte en “el hombre blanco de la ciudad”, que maldice. El hombre blanco de la ciudad que sabe que con sus palabras no alcanza y que va a tener que llamar a un operador, a un productor, que es su viejo amigo Ginelli. Nada más y nada menos que un matón histórico, un nombre y un hombre sucio que está acostumbrado a mancharse. ¿Sus motivaciones? No terminan de quedar claras, pero sí que monta un perfecto espectáculo silencioso, que hace que toda la población gitana crea que una maldición ha caído sobre ellos. “Desde que murió Susana es como si nos hubieran maldecido”, dice uno.

Si al gitano le alcanza con enunciar la materia de su maldición, al hombre blanco de ciudad le alcanza con enunciar la fuerza enunciativa de su maldición. Y sólo en ese equilibrio invertido pero necesario es que Taduz da el primer paso y accede no a abrir la boca sino a revertirla con una acción. Si Halleck frena el aprieto, Lemke invierte el efecto de sus palabras mágicas. Pero como el lenguaje ya no alcanza, porque las maldiciones fueron echadas a correr en un plano real, Ginelli aparece muerto y Halleck obtiene una tarta que puede frenar todo. Las dos maldiciones se anulan y se esterilizan. Y la vida de los bandos se garantiza, ¿se garantiza?

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